Daniela
Pabón
Ojos
de luna
J. Alexánder Idrobo-Velasco
El aguapanelero
Repensar
la educación en la actualidad exige un diálogo con los protagonistas de esa
puesta en escena. En esta oportunidad se materializó en letras uno de tantos
sentires por parte de quien vive sintiéndose parte de una generación temerosa.
Esta vez el aguapanelero le soltó la cuerda para que ella expusiera y se
adueñara del asuntico aquel de la educación para el miedo, de ahí que en su
totalidad esta entrada es una reflexión resentida… ¡Alegremente resentida!, del
diálogo sincero entre una estudiante colombiana y un filósofo aguapanelero para
dar su punto de vista. No se trata más que de su visión acerca de lo que
configuró a sus generaciones: el temor a la libertad.
A
lo largo de la historia del pensamiento, o de las ideas, del ser humano, se han
perfeccionado las técnicas de dominación, incluso las discursividades a propósito
de quien debe estar “arriba” y quién debe ser “sometido”. Innegablemente el
camino ha sido el miedo, que a su vez hunde las raíces en ese tipo de
conciencia colectiva de ser juzgado desde la familia, la política y hasta el
juego salvífico del discurso doctrinero… pero, ¿cuál es el castigo y quién el
tribunal?... ¡Es más!, ¿quién le dio la potestad al juez que imprime la idea de
temor y de subordinación?... El Santo Hobbes tenía razón quizás: si no le
entregamos la administración de las libertades a un soberano, terminaremos
devorándonos como lobos. Sin embargo, las libertades, la voluntad, el saber, la
dignidad no fueron entregadas, sino cercenadas por medio del terror, del miedo
y aquí la cuestión: un miedo sistemáticamente enseñado y un espacio propicio
para que los que serán ciudadanos legales “aprendan” a temer.
Innato
es el instinto de supervivencia del ser humano, pero no el sentirse atemorizado
constantemente por una autoridad, un jefe, un dirigente, un pastor de almas;
figuras que replican la relación de amo y esclavo. Como no le inherente a los
hombres y mujeres hay que enseñar en los libros de texto que para que las
sociedades funcionen a lo largo de la historia hay jerarquías y de ahí que no
recordemos un libro de sociales que no traiga ejemplos piramidales para
explicar el medioevo, en vez de hablar de los sufrimientos de los hombres y
mujeres de ese tiempo. Por eso se enseñan las formas de gobierno y no las
formas de resistencia. Resuena el modelo estructural en el que se debe aceptar
la norma y con ella un tipo de homogeneización de los individuos, sujetarlos,
hacerlos sujetos y con ello asumir los roles que son expuestos como llamativos “perfiles”
de profesiones… prepararse para asumir su puesto en el engranaje y que la sociedad
funcione perfectamente y quien desajuste, debe ser reparado o hasta reemplazado
y allí aparecen la dependencia de “recursos humanos” de las empresas… hasta el
SENA enseña a desempeñar tal oficio.
Pareciera
que no se es ser humano, sino que se aprende en un tipo de devenir educativo…
¿acaso no nacemos siendo eso: seres humanos?, ¿por qué aparecen con el tiempo nos
adjetivamos como “buenos” o “malos”? La familia como primer escenario y la
escuela como continuación. En la primera se enseñan los valores que muchas veces
llega a confundirse con el adiestramiento basado en el premio y el castigo. Junto
a esta dinámica las tristes formas de adoctrinamiento que no superan la amenaza
de la condena infernal y la visión beatífica… no entremos en detalle sobre las
exageradas posturas ideológicas con relación a la política que en muchos
hogares es evidente y hasta la pasión por un equipo de fútbol… de pasó, habría
que preguntarse si a un bebé de brazos habría que vestirlo con un uniforme de
algún equipo, pues, ¿qué tiene de diferente eso a la crítica del límite
religioso? O peor aún, afirmar que lo que pasa en la novela es lo que pasa en
la vida real.
El
segundo escenario: la escuela, espacio que por mucho tiempo privilegió a la
autoridad, que incluía sus abusos. Basta escuchar como la anterior generación
afirma que sus profesores tenían el derecho de corregir con reglazos en la
mano, o con castigos severos el incumplimiento. Pero en algunos espacios –no hay
que llegar a la generalización– aún se mantiene la idea del terror y no la de
la educación como escenario vital. Conceptos como “regulación”, “autorregulación”,
“monitor”, “observador”, “anotación”, “sanción”, “citación”, siguen usándose
como forma de inscribir en la conciencia de los niños y niñas el temor y hasta
el eco del discurso heteronormativo y homogeneizante. Cuestionar este método se
hace exigente hoy, pues en un tiempo de coyuntura nacional, no podremos
seguirle apostando a la cultura del temor, sino al ejercicio de la libertad… ¡Claro
está! No puede ser cualquier tipo de libertad, o mejor, no puede volverse lema
del descontrol. Hay que superar el condicionamiento clásico, que se evidencia
en las actuaciones que no se muestran honestas en los contextos escolares, sino
que son influenciadas por el temor a la sanción, por el miedo a la nota baja,
el regaño familiar por los resultados. Debemos dejar de construir una sociedad desde
esa perspectiva.
Pecado,
delito, miedo. La libertad, la expresión, son condenables, casi satanizadas. La
manifestación libidinosa es pasada por sucia y determinada por el moralismo que
se profesa en el culto, pero del que se escapa en la oscuridad. Dios castiga el
amor, la pasión y el instinto del que dotó a su creación. Y más allá, lleva las
cuentas para hacer cálculos matemáticos en el momento que llegues a su
presencia. Nos mueve esa postura, esa realidad conciente, inconciente,
subconciente. Nuestra naturaleza, pues, resulta ser “mala”. Pero si no eres “educado”
en un ambiente familiar o escolar religioso, la sociedad seguirá reconfigurando
cualquier dispositivo que no te deje escapar. Los discursos ocultos son
perseguidos para identificar y capturar a quien no tenga pudor o a quien
promulgue su ateísmo, su sexualidad… su modo de ser diverso. Somos calificados
en términos de –ismos: derechismos, izquierdismos, pacifismos, guerrerismos,
etc-ismos. Ya existe una prefiguración categórica que nos impide cualquier otra
posibilidad, una taxonomía deprimente y mortal.
Dispuesto
así el panorama no quedaría más que seguir “viviendo”… o al menos, creerse el
cuento. Pero este espacio debe asumirse como una forma de reivindicación. Si
fuimos educados para temer, entonces habría que levantarse, sublevarse, insubordinarse,
mariconearse, ateizarse… o al menos dejar en suspensión esos determinismos
absolutos que impiden ver que la naturaleza nos hace libres. La educación debe
examinarse y reconfigurar los procesos. Valioso esfuerzo adelantado por algunos
en los estilos de escuelas alternativas, escuela nueva, o educación popular. Romper
el esquema se vuelve imperativo en medio de la repetición medieval del aula. No
se trata de convertirse en iconoclastas de las reliquias escolares, sino de
re-interpretarlas y re-significarlas; se trata de asumir esos escenarios en los
que la bata blanca del profesor deje de relucir como un tipo de pulcra
sapiencia y resuelva dar la palabra. Que resuciten las humanidades y que las
ciencias exactas retomen el camino de la aplicabilidad. La escuela debe dejar
de temer y de sentirse perseguida, pues en ocasiones su delirante actitud no la
deja ver hacia delante cuando huye de la legislación, por eso vive en el pasado.
Luego de eso aparecerá una multiplicidad de sentidos y senderos.
Hay
que dejar de temer. Hay que ser libre. Estas generaciones están despertando
mientas sus orientadores parecen dormirse y su soberbia lleva a algunos a
reclamar por sus derechos dejando de lado a quien sigue sus pasos. No se puede
estar lejos de los retos de la actualidad sin repensar la educación y con ello
la reconfiguración de la escuela como escenario del miedo, de la nota, de la
relación vertical y del comentario hiriente. Hay que ser libre…


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