viernes, 20 de marzo de 2015

La generación que se educó en el miedo

Daniela Pabón
Ojos de luna

J. Alexánder Idrobo-Velasco
El aguapanelero


Repensar la educación en la actualidad exige un diálogo con los protagonistas de esa puesta en escena. En esta oportunidad se materializó en letras uno de tantos sentires por parte de quien vive sintiéndose parte de una generación temerosa. Esta vez el aguapanelero le soltó la cuerda para que ella expusiera y se adueñara del asuntico aquel de la educación para el miedo, de ahí que en su totalidad esta entrada es una reflexión resentida… ¡Alegremente resentida!, del diálogo sincero entre una estudiante colombiana y un filósofo aguapanelero para dar su punto de vista. No se trata más que de su visión acerca de lo que configuró a sus generaciones: el temor a la libertad.


A lo largo de la historia del pensamiento, o de las ideas, del ser humano, se han perfeccionado las técnicas de dominación, incluso las discursividades a propósito de quien debe estar “arriba” y quién debe ser “sometido”. Innegablemente el camino ha sido el miedo, que a su vez hunde las raíces en ese tipo de conciencia colectiva de ser juzgado desde la familia, la política y hasta el juego salvífico del discurso doctrinero… pero, ¿cuál es el castigo y quién el tribunal?... ¡Es más!, ¿quién le dio la potestad al juez que imprime la idea de temor y de subordinación?... El Santo Hobbes tenía razón quizás: si no le entregamos la administración de las libertades a un soberano, terminaremos devorándonos como lobos. Sin embargo, las libertades, la voluntad, el saber, la dignidad no fueron entregadas, sino cercenadas por medio del terror, del miedo y aquí la cuestión: un miedo sistemáticamente enseñado y un espacio propicio para que los que serán ciudadanos legales “aprendan” a temer.

Innato es el instinto de supervivencia del ser humano, pero no el sentirse atemorizado constantemente por una autoridad, un jefe, un dirigente, un pastor de almas; figuras que replican la relación de amo y esclavo. Como no le inherente a los hombres y mujeres hay que enseñar en los libros de texto que para que las sociedades funcionen a lo largo de la historia hay jerarquías y de ahí que no recordemos un libro de sociales que no traiga ejemplos piramidales para explicar el medioevo, en vez de hablar de los sufrimientos de los hombres y mujeres de ese tiempo. Por eso se enseñan las formas de gobierno y no las formas de resistencia. Resuena el modelo estructural en el que se debe aceptar la norma y con ella un tipo de homogeneización de los individuos, sujetarlos, hacerlos sujetos y con ello asumir los roles que son expuestos como llamativos “perfiles” de profesiones… prepararse para asumir su puesto en el engranaje y que la sociedad funcione perfectamente y quien desajuste, debe ser reparado o hasta reemplazado y allí aparecen la dependencia de “recursos humanos” de las empresas… hasta el SENA enseña a desempeñar tal oficio.

Pareciera que no se es ser humano, sino que se aprende en un tipo de devenir educativo… ¿acaso no nacemos siendo eso: seres humanos?, ¿por qué aparecen con el tiempo nos adjetivamos como “buenos” o “malos”? La familia como primer escenario y la escuela como continuación. En la primera se enseñan los valores que muchas veces llega a confundirse con el adiestramiento basado en el premio y el castigo. Junto a esta dinámica las tristes formas de adoctrinamiento que no superan la amenaza de la condena infernal y la visión beatífica… no entremos en detalle sobre las exageradas posturas ideológicas con relación a la política que en muchos hogares es evidente y hasta la pasión por un equipo de fútbol… de pasó, habría que preguntarse si a un bebé de brazos habría que vestirlo con un uniforme de algún equipo, pues, ¿qué tiene de diferente eso a la crítica del límite religioso? O peor aún, afirmar que lo que pasa en la novela es lo que pasa en la vida real.

El segundo escenario: la escuela, espacio que por mucho tiempo privilegió a la autoridad, que incluía sus abusos. Basta escuchar como la anterior generación afirma que sus profesores tenían el derecho de corregir con reglazos en la mano, o con castigos severos el incumplimiento. Pero en algunos espacios –no hay que llegar a la generalización– aún se mantiene la idea del terror y no la de la educación como escenario vital. Conceptos como “regulación”, “autorregulación”, “monitor”, “observador”, “anotación”, “sanción”, “citación”, siguen usándose como forma de inscribir en la conciencia de los niños y niñas el temor y hasta el eco del discurso heteronormativo y homogeneizante. Cuestionar este método se hace exigente hoy, pues en un tiempo de coyuntura nacional, no podremos seguirle apostando a la cultura del temor, sino al ejercicio de la libertad… ¡Claro está! No puede ser cualquier tipo de libertad, o mejor, no puede volverse lema del descontrol. Hay que superar el condicionamiento clásico, que se evidencia en las actuaciones que no se muestran honestas en los contextos escolares, sino que son influenciadas por el temor a la sanción, por el miedo a la nota baja, el regaño familiar por los resultados. Debemos dejar de construir una sociedad desde esa perspectiva.

Pecado, delito, miedo. La libertad, la expresión, son condenables, casi satanizadas. La manifestación libidinosa es pasada por sucia y determinada por el moralismo que se profesa en el culto, pero del que se escapa en la oscuridad. Dios castiga el amor, la pasión y el instinto del que dotó a su creación. Y más allá, lleva las cuentas para hacer cálculos matemáticos en el momento que llegues a su presencia. Nos mueve esa postura, esa realidad conciente, inconciente, subconciente. Nuestra naturaleza, pues, resulta ser “mala”. Pero si no eres “educado” en un ambiente familiar o escolar religioso, la sociedad seguirá reconfigurando cualquier dispositivo que no te deje escapar. Los discursos ocultos son perseguidos para identificar y capturar a quien no tenga pudor o a quien promulgue su ateísmo, su sexualidad… su modo de ser diverso. Somos calificados en términos de –ismos: derechismos, izquierdismos, pacifismos, guerrerismos, etc-ismos. Ya existe una prefiguración categórica que nos impide cualquier otra posibilidad, una taxonomía deprimente y mortal.


Dispuesto así el panorama no quedaría más que seguir “viviendo”… o al menos, creerse el cuento. Pero este espacio debe asumirse como una forma de reivindicación. Si fuimos educados para temer, entonces habría que levantarse, sublevarse, insubordinarse, mariconearse, ateizarse… o al menos dejar en suspensión esos determinismos absolutos que impiden ver que la naturaleza nos hace libres. La educación debe examinarse y reconfigurar los procesos. Valioso esfuerzo adelantado por algunos en los estilos de escuelas alternativas, escuela nueva, o educación popular. Romper el esquema se vuelve imperativo en medio de la repetición medieval del aula. No se trata de convertirse en iconoclastas de las reliquias escolares, sino de re-interpretarlas y re-significarlas; se trata de asumir esos escenarios en los que la bata blanca del profesor deje de relucir como un tipo de pulcra sapiencia y resuelva dar la palabra. Que resuciten las humanidades y que las ciencias exactas retomen el camino de la aplicabilidad. La escuela debe dejar de temer y de sentirse perseguida, pues en ocasiones su delirante actitud no la deja ver hacia delante cuando huye de la legislación, por eso vive en el pasado. Luego de eso aparecerá una multiplicidad de sentidos y senderos.


Hay que dejar de temer. Hay que ser libre. Estas generaciones están despertando mientas sus orientadores parecen dormirse y su soberbia lleva a algunos a reclamar por sus derechos dejando de lado a quien sigue sus pasos. No se puede estar lejos de los retos de la actualidad sin repensar la educación y con ello la reconfiguración de la escuela como escenario del miedo, de la nota, de la relación vertical y del comentario hiriente. Hay que ser libre… 

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